Antes de ser el director que es hoy, Quentin Tarantino (Tennesse, 1963) trabajó, siendo un jovenzuelo, en un videoclub, donde se hartó de ver películas, desde los grandes clásicos hasta el cine de acción más moderno, pasando por la serie B, la serie Z… Abarcando todos los géneros imaginables.
Todo ese bagaje, toda esa "cultura cinéfila" se aprecia claramente en todos y cada uno de los elementos que componen sus películas; en la música que acompaña (y a veces da sentido) a las escenas, en los planos que utiliza para obtener determinados efectos, en los temas recurrentes que mueven a sus personajes, etc. Por todo ello a nadie debería sorprender que el séptimo trabajo de Quentin Tarantino, “Inglorius Basterds” sea más que una cinta bélica, que es lo que cabría esperarse de una película protagonizada por un grupo de aliados que se enfrentan a los nazis.
Pero entonces, ¿A qué genero pertenece “Inglorius Basterds”?;
Para empezar, sí que podríamos considerarla una película bélica, por estar enmarcada en la Segunda Guerra Mundial, y por presentar el conflicto armado entre la Alemania de Hitler y el resto del Mundo.
A lo bélico habría que sumarle elementos reconocibles del western -género que tanto gusta a Tarantino-, algo muy palpable en el primero de los cinco capítulos que componen la película y que arranca con música del gran Ennio Morricone (“La muerte tenía un precio”, “Por un puñado de dólares”). Una música unida a unos planos que nos llevan en suma, a creer que vamos a presenciar un duelo crepuscular en el salvaje Oeste, siendo las esvásticas -caracterísitcas de la iconografía nazi-,.las que no devuelven a la realidad de la película.
Pero es que, a todo ello, hay que sumar también dos historias de venganza; la de los Bastardos liderados por el socarrón teniente Aldo Raine (Brad Pitt), y la de otro personaje que no voy a desvelar, pero que se da por sentado cuando vemos lo que le sucede.
De acuerdo, entonces tenemos elementos propios del cine bélico y del western, construídos a partir de dos historias, una personal y otra “grupal”, donde se clama vendetta, aliñadas con un toque de humor negro y una buena ración de violencia… Todo esto está bien pero aún no he respondido a la pregunta sobre cuál es el género en el que habría que enmarcar a la peliula. Hay un pequeño probelma.
El "problema" a la hora de catalogar esta película es el mismo que tuvieron en su día “Pulp Fiction” o los dos volúmenes de “Kill Bill”; De forma premeditada, Tarantino no termina por definir sus películas en un género concreto, porque siempre se apoya en varios, pero sin decantarse claramente por uno solo. Pero eso no significa que no podamos clasificarla; Se puede, pero hay que hacerlo de un modo diferente. Y es que, a pesar de todo, sí que hay un elemento estrella que destaca por encima del resto y que nos sirve paar poder responder de una vez a la dichosa pregunta planteada al principio. Y este elemento no es otro que el de los personajes. De esta forma, podemos decir que, de ser algo, "Inglorius Basterds" es una película de perosnajes.
Hace ya tiempo que el director de “Reservoig Dogs” confesó que a la hora de afrontar un nuevo proyecto, lo hace siempre a partir de sus personajes. Son ellos los que le dicen hacia donde va a dirigirse la historia porque son ellos, con sus actos, los que la definen, y no al revés. Y este punto es fundamental para llegar a entender el cine de Tarantino, para poder comprender por qué sus personajes destilan tanto carisma, por qué hablan tanto y por qué, en ocasiones, la historia queda relegada a un segundo plano o se muestra algo inconsistente, falta de continuidad y de conjunto.
Y esto es precisamente lo que ofrece “Inglorius…”, una historia algo irregular a la que parece faltarle algo de cohesión, pero que puede presumir de contar con unos personajes de gran calado, cada uno con sus rasgos bien definidos y que cobran vida en la pantalla, olvidándonos por momentos, de su naturaleza ficticia. Mención especial para el villano del la función, el gran Hans Landa (magníficamente interpretado por el hasta hora desconocido Christoph Waltz) que logra caernos bien pese a ser un cabrón despiadado como pocos.
Érase una vez… en la Francia ocupada por los nazis…
Como si de un cuento se tratara, comienza la historia en 1941, momento de clara ofensiva nazi. El primer capítulo, el mejor junto con el cuarto, sirve para presentarnos al ya mencionado Hans Landa, conocido en toda Francia como el “Cazador de judios”. El apodo, del que él mismo se vanagloria, hace justicia a un hombre increíblemente inteligente y astuto, al que es casi imposible engañar, y que se muestra implacable en su misión por acabar con toda una etnia a la que considera ratas. A lo largo de film le vemos hablar en distintos idiomas; alemán, inglés, francés, italiano... Contralando en todo momento la situación y al resto de personajes (y actores). Hans Landa es la piedra angular sobre la que esta construida la historia, siendo, con diferencia, el mejor personaje, y el que más sorpresas nos tiene guardadas, por su particular forma de actuar y de ver las cosas…

Hans Landa, villano con enorme carisma
El segundo capítulo introduce a los Bastardos, un grupo de judios americanos ávidos de venganza. Justifican sus actos en una premisa; los nazis han demostrado no ser personas y, por tanto, no merecen ningún tipo de trato humano. Así se nos presenta a un grupo de pirados mal nacidos que se embarcan voluntariamente en una misión suicida. A parte de Aldo Raine, caben mencionar al sargento Donny "El oso judio" Donowitz (interpretado por Eli Roth, director de las sangrientas “Hostel” y amigo de Tarantino) armado con su brutal bate de baseball y, el sargento Hugo Stiglitz (Til Schweiger), violentísimo soldado alemán insurrecto que se ha apuntado a la "fiesta" de los Bastardos. Son estos dos personajes la mejor muestra de lo salvajes que pueden llegar a ser este grupo, tanto como los propios nazis; fuego al fuego.

Los Bastardos, una pesadilla para los nazis en Francia
Llegamos al tercer capítulo, dedicado como el primero a un único personaje que, al igual que los Bastardos, prepara su venganza contra los alemanes. Es el menos interesante de los cinco por ser el más pausado y en el que menos cosas ocurren… Pero no deja de ser la calma que precede a la tempestad y es necesario para poder entender el desenlace de la historia.
La Taberna, juegos de cine
Pero si hay una secuencia que defina a “Inglorius…” esa es la de la taberna.
Bajo el nombre de “Operación Kino” el cuarto capítulo contiene una de las escenas más tensas y vibrantes que he visto en mucho tiempo, superior incluso a la del primer capítulo.
En ella, Tarantino dilata el tiempo hasta el paroxismo, jugando con sus personajes y estos, a su vez, con el espectador, con una tensión que va increscendo, dejándote extenuado. Y lo logra, no con acción y multitud de planos como hacen otros directores, sino con unos personajes que no paran de hablar. Además, son unos diálogos banales, intrascendentes pero, al mismo tiempo, claves en desarrollo de los acontecimientos.
Habrá quienes no soporten este rasgo tan característico del director, y les moleste que, para llegar al desenlace que tiene la escena, haya habido de por medio tanta verborrea… Es lo que tiene Tarantino, si comulgas con los interminables diálogos que vociferan sus parlanchines personajes disfrutaras, de lo contrario, lo mejor que puedes hacer es pasar de este director porque eso es lo que hay. Tarantino no engaña a nadie.
La traca final
Y llegamos al clímax de la historia, con la situación bien definida, con una tensión que se mantiene desde el capitulo anterior pero con más ritmo, más acción y muchas, muchísimas muertes, algunas sorprendentes, y que suponen un giro en los acontecimientos y un cambio en la Historia que sabemos que no pasó.
Y es este último giro el que vuelve a reivindicar a Tarantino como un director único, que se toma todo a risa y, al mismo tiempo, todo en serio. La película podría haberse ambientado en cualquier otra época, con otros personajes y con un desenlace diferente, pero las sensaciones seguirían siendo las mismas (o casi). Porque esto es Tarantino; sangre, violencia, humor negro, venganza, western, serie B… Y personajes, sobre todo personajes, a los que querer, y conversaciones con las que disfrutar y giros inesperados que no dejan de sorprendernos.
No, no es una obra maestra ni la mejor película de Tarantino, como nos hace querer ver, en el último plano y con una frase cargada de sorna, Aldo Rain, pero sí es un entretenimiento cojonudo, con algunos momentos inmensos, de puro cine. Esto es Tarantino, un tipo enamorado del cine hasta las cachas y que siempre tiene algo interesante que contar.
















